Patrocinados:

Miguel Ricart reaparece públicamente: Las cuatro personas a las que acusa ahora del crimen de Alcàsser

Cuando un hecho marca a toda una generación.

Existen crímenes que logran atravesar el tiempo y mantenerse vivos en la memoria colectiva. No importa cuánto pasen los años, su sola mención basta para provocar escalofríos y silencio en cualquier conversación. El triple asesinato de Alcàsser es, sin duda, uno de esos episodios que España no ha logrado olvidar.

La magnitud del dolor, la crudeza de los detalles y la incertidumbre de todo lo que aún no se sabe han convertido este caso en una herida abierta. A lo largo de más de tres décadas, múltiples versiones, hipótesis y teorías han surgido, pero ninguna ha logrado cerrar definitivamente el relato. La sociedad sigue con la sensación de que, en aquel otoño de 1992, la verdad quedó enterrada junto a Miriam, Toñi y Desirée.

Patrocinados:

Ahora, más de treinta años después, la voz de uno de los protagonistas regresa a la escena pública. No se trata de un nuevo informe policial ni de un hallazgo judicial, sino del testimonio de Miguel Ricart, el único condenado por el crimen. Tras años de silencio, ha decidido hablar.

La confesión de un condenado.

Ricart ha concedido una entrevista en la que rompe con la versión oficial. En conversación con el periodista Manu Giménez, asegura que nunca actuó por voluntad propia, sino bajo amenazas directas de Antonio Anglés y su hermano Mauricio. Afirma que su papel fue el de un hombre arrastrado por el miedo, y que calló durante décadas para proteger a su familia.

Patrocinados:

En este relato, Ricart pide perdón a los allegados de las víctimas y a la sociedad. Dice que su objetivo es “liberar la conciencia” y cerrar un capítulo que lo ha perseguido incluso después de cumplir condena. Según su versión, las presiones de la justicia y la exposición mediática de los años noventa impidieron que pudiera hablar con claridad entonces.

Su nuevo testimonio sostiene que aquella noche no comenzó con un plan homicida, sino con lo que él creyó que sería un simple encargo menor. Sin embargo, todo cambió en el momento en que se encontró dentro del coche con Anglés y las tres jóvenes.

Un giro inesperado en el relato.

Según Ricart, las adolescentes subieron al vehículo sin que mediara violencia, confiadas en que serían acercadas a la discoteca Coolor. Fue cuando Antonio Anglés aceleró sin detenerse en el local, asegura, que comenzó el verdadero infierno. Las promesas de dar la vuelta resultaron ser un engaño que condujo a las víctimas hacia un destino trágicamente diferente.

Patrocinados:

Lo más llamativo de su declaración es el cambio de escenario. Mientras que la versión oficial ubica los hechos en la caseta de La Romana, Ricart sostiene que el grupo se dirigió a un viejo almacén de pólvora en Catadau. Allí, asegura, se encontraron con más individuos, entre ellos un hombre al que apodaban “El Nano” y tres varones de mediana edad a quienes no logra identificar.

Este punto, de confirmarse, alteraría de raíz lo que durante años se dio por cierto. No sería un crimen ejecutado únicamente por dos hombres, sino un episodio más amplio, con la participación de varias personas.

El peso de la amenaza.

Ricart insiste en que fue obligado a participar en los abusos bajo la presión de una pistola y la intimidación constante de Antonio Anglés. Relata que, en cierto momento, él y Mauricio fueron enviados a comprar comida para el grupo, lo que coincide con un testimonio registrado en la época. Al regresar, se encontraron con las agresiones en curso.

Patrocinados:

Según su declaración, Antonio Anglés disparó a dos de las chicas y Mauricio acabó con la vida de la tercera. Él niega haber cometido los asesinatos, aunque admite que fue forzado a ser cómplice de la violencia. También descarta la existencia de grabaciones, algo que había circulado como rumor durante años.

La reconstrucción de los hechos incluye incluso el traslado de los cuerpos. Asegura que primero fueron enterrados en Alborache y, semanas después, movidos a otro lugar por decisión de Anglés, en plena vorágine mediática del caso.

Silencios y heridas que no cicatrizan.

La detención de Ricart se produjo a finales de enero de 1993 en la vivienda de la familia Anglés. Afirma que su primera confesión fue arrancada bajo coacción y miedo, no solo a la policía, sino también a quienes habían participado en los hechos. Según dice, llegó a intentar contar la verdad, pero fue golpeado y amenazado para callar.

El motivo por el que habría esperado tanto tiempo para ofrecer esta nueva versión se resume en una palabra: miedo. Temía que las represalias alcanzaran a sus seres queridos si rompía el silencio. Hoy, asegura que habla porque ya no puede cargar más con ese peso.

Con esta entrevista, se abre un nuevo capítulo en un caso que parecía escrito a fuego en la memoria colectiva. Pero las palabras de Miguel Ricart no solo traen respuestas; también reavivan preguntas que quizás nunca encuentren una conclusión definitiva.