Juan Orduña revela por primera vez cuanto cobra un cura

Un sacerdote cuenta cómo es su situación económica


En un momento en el que el precio de la vivienda, los suministros y el coste general de la vida se han convertido en algunas de las principales preocupaciones de los trabajadores, conocer cómo se organiza económicamente una profesión tan particular como la sacerdotal puede resultar llamativo. Juan Orduña, un sacerdote de 27 años que fue ordenado a los 26, ha contado algunos detalles de su situación personal en el podcast La Pera de Jobs. Entre otras cuestiones, ha explicado cuánto dinero recibe cada mes y cuáles son algunos de los gastos que asume directamente y cuáles quedan cubiertos por la estructura de la Iglesia. Su testimonio muestra una situación económica muy diferente a la de un trabajador que tiene que destinar buena parte de su sueldo al alquiler o a las facturas del hogar.

Orduña asegura que su nómina mensual no alcanza los 1.200 euros y que, además, de esa cantidad debe descontarse la parte correspondiente a su jubilación. Según explicó durante la entrevista: «No llega a 1.200 euros y de eso hay que quitar lo que me quitan de la jubilación». Una cifra que, observada únicamente desde el punto de vista del salario, puede parecer especialmente ajustada para afrontar todos los gastos habituales de una persona adulta. Sin embargo, la realidad económica del sacerdote incluye una serie de prestaciones en especie que modifican sustancialmente la cantidad de dinero que necesita dedicar cada mes a sus necesidades básicas.

El gasto que no tiene que afrontar: la vivienda

La principal diferencia respecto a muchos trabajadores aparece precisamente en uno de los gastos que más peso tienen actualmente en los presupuestos familiares: la vivienda. Juan explica que no tiene que pagar un alquiler o una hipoteca, ya que dispone de alojamiento dentro de la estructura de la diócesis. Esto significa que una parte considerable de los ingresos que un trabajador tendría que dedicar cada mes a pagar un piso permanece disponible para otros gastos. En su caso, el hecho de no tener que asumir el coste de la vivienda supone una diferencia muy importante a la hora de valorar sus ingresos reales disponibles.

El propio sacerdote resume esta circunstancia hablando de una «cierta ventaja» económica. «Yo no tengo que pagar piso, no tengo que pagar luz, no tengo que pagar agua», explica. De esta manera, los principales gastos asociados al mantenimiento de un hogar quedan cubiertos, al menos según el caso que describe Orduña. Su sueldo se puede dedicar así fundamentalmente a cuestiones personales, desplazamientos y otros gastos cotidianos que no están incluidos dentro de las prestaciones que recibe como sacerdote.

La situación contrasta especialmente con la de muchos jóvenes que, incluso con salarios superiores, encuentran enormes dificultades para independizarse debido al precio de los alquileres. En una ciudad como Madrid, donde desarrolla su actividad en el ámbito del Obispado correspondiente, el coste de disponer de una vivienda puede representar una parte muy elevada de cualquier nómina. Por eso, comparar únicamente los menos de 1.200 euros que menciona el sacerdote con el sueldo de otro trabajador puede ofrecer una imagen incompleta de la capacidad económica disponible al final de cada mes.

La Iglesia también cubre los suministros básicos

La vivienda no es el único elemento que queda cubierto. Juan Orduña explica que tampoco tiene que afrontar directamente algunas de las facturas habituales de cualquier hogar, como el agua y la electricidad. En sus propias palabras, «Yo no tengo que pagar piso, no tengo que pagar luz, no tengo que pagar agua». Estos gastos, vinculados a la residencia que proporciona la organización eclesiástica, forman parte de las condiciones asociadas a su actividad.

Esto permite entender por qué el sacerdote considera que su situación es relativamente estable pese a contar con una nómina que, a primera vista, resulta modesta. Una persona que recibe una cantidad similar pero debe pagar alquiler, electricidad, agua, internet, alimentación y desplazamientos tendría que hacer frente a una estructura de gastos muy diferente. En el caso de Orduña, la ausencia de algunos de los pagos fijos más importantes reduce considerablemente la presión que soporta su sueldo mensual.

La cuestión también pone de relieve que el salario no es el único elemento que debe tenerse en cuenta cuando se analiza la remuneración de determinadas profesiones. Existen trabajos en los que las empresas o instituciones proporcionan alojamiento, comida, transporte u otros servicios que complementan la nómina. En el caso explicado por este sacerdote, la vivienda y determinados suministros representan precisamente una parte importante de esas condiciones.

37 días de descanso entre vacaciones y ejercicios espirituales

Otro de los aspectos que Juan Orduña aborda en la entrevista está relacionado con los periodos de descanso. Según explica, los sacerdotes cuentan con 30 días de vacaciones y otros siete días destinados a ejercicios espirituales. En total, la cifra asciende a 37 días al año. «Tienes 30 días, más 7 días de ejercicios espirituales», afirma. El resultado son 37 días de descanso que combinan el periodo vacacional tradicional con un tiempo dedicado específicamente al retiro y a la preparación espiritual.

Los ejercicios espirituales tienen una naturaleza diferente a unas vacaciones convencionales. Se trata de un periodo vinculado a la propia actividad religiosa y a la formación y reflexión personal del sacerdote. Aun así, desde el punto de vista del calendario anual, representan un periodo adicional en el que se produce una interrupción de la actividad parroquial ordinaria. Por eso Orduña incluye ambos conceptos al explicar cuánto tiempo puede dedicar a descansar de sus obligaciones habituales.

Esta cuestión adquiere especial interés porque la actividad de un sacerdote no siempre responde a un horario laboral convencional. Las parroquias pueden requerir atención en diferentes momentos del día y existen celebraciones, encuentros, confesiones, visitas y otras responsabilidades que hacen difícil encajar la profesión en una jornada tradicional de ocho horas. El propio Orduña describe su disponibilidad como una actividad prácticamente permanente.

Un trabajo que el sacerdote define como 24/7

Precisamente uno de los aspectos más llamativos de su relato tiene que ver con la disponibilidad. Juan Orduña describe su trabajo como una actividad «24/7 (24 horas, 7 días a la semana)», y explica que puede comenzar su jornada alrededor de las 6:30 de la mañana. Esta descripción muestra que, pese a disponer de determinados periodos de vacaciones y descanso, la actividad sacerdotal tiene unas características que no se pueden comparar directamente con un empleo convencional.

La diferencia está especialmente relacionada con la disponibilidad ante las necesidades de los feligreses. Un sacerdote puede tener responsabilidades que surgen fuera de un horario fijo y debe atender diferentes circunstancias relacionadas con su comunidad. Celebraciones religiosas, acompañamiento personal, visitas o situaciones de emergencia pueden hacer que la frontera entre la vida profesional y la personal sea mucho menos definida que en otros trabajos. La compensación económica, por tanto, es solo una parte de las condiciones laborales que explican la realidad de esta profesión.

Orduña no presenta su actividad desde una perspectiva exclusivamente económica. De hecho, cuando habla de su trabajo insiste en que la motivación principal no está relacionada con ganar dinero. Su elección profesional, según explica, responde fundamentalmente a la vocación y a la satisfacción personal que obtiene de la labor que desarrolla. «No trabajamos por cobrar, sino porque nos realiza como personas», asegura.

¿Quién paga el sueldo de los sacerdotes?

Otra de las cuestiones que surge al hablar de las condiciones económicas de un sacerdote es el origen del dinero con el que se abona su nómina. En el caso de Juan Orduña, la respuesta es que el pago corresponde al Obispado. El sacerdote explica que es la diócesis la que gestiona directamente sus ingresos y apunta también a la existencia de financiación vinculada al Estado. «A nosotros nos paga el obispado y parte yo creo que también nos ayuda el Estado por el convenio», señala, aunque reconoce que no conoce todos los detalles técnicos relacionados con el sistema de financiación.

En su caso concreto, se trata del Obispado de Madrid. La estructura económica de la Iglesia en España es más amplia y cuenta con diferentes vías de financiación, por lo que no debe interpretarse que el sueldo individual de cada sacerdote proceda directamente de una única fuente estatal. El propio Juan habla de la existencia de un convenio y reconoce que no conoce con precisión cómo se articula técnicamente esa parte de la financiación.

El sacerdote sí tiene claro, en cambio, quién gestiona su remuneración directa: el Obispado. Esto permite que las condiciones económicas puedan organizarse dentro de la estructura diocesana, incluyendo aspectos relacionados con la vivienda y otros gastos vinculados a la actividad pastoral. Así, la nómina mensual constituye solo una parte del conjunto de recursos y prestaciones que forman parte de su situación como sacerdote.

Una nómina modesta con unos gastos fijos muy diferentes

La cifra de menos de 1.200 euros mensuales puede resultar sorprendente cuando se compara con los salarios de otros trabajadores, especialmente si se tiene en cuenta que de esa cantidad todavía hay que descontar las aportaciones destinadas a la jubilación. Sin embargo, el propio testimonio de Juan Orduña muestra que la cantidad que aparece en una nómina no permite por sí sola determinar el nivel de vida de una persona. Para entender su situación hay que incorporar también los gastos que no tiene que asumir directamente.

Un trabajador que cobra un sueldo similar y vive de alquiler puede tener que destinar una parte muy importante de sus ingresos a pagar exclusivamente la vivienda. A ello habría que sumar las facturas de electricidad y agua y el resto de los costes derivados de mantener un hogar. En el caso que explica Orduña, esos conceptos principales están cubiertos por el Obispado, lo que deja una mayor proporción de su nómina disponible para otros gastos.

Eso no significa que el sacerdote no tenga gastos ni que su situación sea equivalente a disponer de una nómina mucho mayor. También tiene que afrontar sus necesidades personales, desplazamientos y otros desembolsos cotidianos. Sin embargo, la ausencia de alquiler y de determinadas facturas modifica de manera significativa el esfuerzo económico necesario para mantener su día a día.

Una profesión en la que el dinero no es la principal motivación

Juan Orduña insiste en que la cuestión económica no es la razón por la que decidió convertirse en sacerdote. Su relato se centra en la vocación y en la satisfacción que encuentra en el trabajo que realiza. La frase «no trabajamos por cobrar, sino porque nos realiza como personas» resume la perspectiva con la que afronta su profesión y explica por qué considera que la remuneración económica no puede analizarse de forma independiente del componente personal y religioso de su actividad.

Su caso permite observar una realidad laboral que resulta poco habitual en comparación con la de la mayoría de los trabajadores. Una nómina inferior a 1.200 euros puede coexistir con una situación económica relativamente estable cuando la vivienda y determinados gastos básicos están cubiertos por la institución para la que se trabaja. Al mismo tiempo, la actividad implica una disponibilidad amplia y unas responsabilidades que el propio sacerdote describe como prácticamente permanentes.

El testimonio de Juan Orduña ofrece así una visión particular sobre cuánto cobra un sacerdote en España y, sobre todo, sobre cómo se estructura su economía cotidiana. Más allá de la cifra de la nómina, hay que tener en cuenta el alojamiento, los suministros, el calendario de descanso y el tipo de disponibilidad que exige la profesión. El resultado es una situación económica difícil de comparar directamente con la de otros trabajadores, porque una parte importante de sus necesidades básicas no se paga con su salario mensual.

En definitiva, el sueldo que recibe Juan Orduña no alcanza los 1.200 euros mensuales antes de las deducciones que menciona, pero su realidad económica no se limita a esa cifra. El Obispado cubre su vivienda y determinados suministros, además de proporcionarle unas condiciones específicas de descanso. A cambio, el sacerdote desarrolla una actividad que considera una vocación y que, según sus propias palabras, requiere una disponibilidad 24 horas al día y siete días a la semana. Una combinación de salario, prestaciones en especie y vocación que explica por qué su experiencia económica es muy diferente a la de un trabajador que debe asumir por completo los costes de su vivienda y su vida cotidiana.

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