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España de luto: Fallece trágicamente Javier Piñango

Cuando una leyenda se apaga, el ruido se transforma en eco.

La muerte de un músico no es solo una pérdida para su círculo íntimo. Es una sacudida colectiva que deja en silencio a quienes, de una forma u otra, sintonizaron con su frecuencia. El fallecimiento de Javier Piñango, este martes en Madrid, a los 63 años, ha dejado una estela de luto y gratitud entre generaciones de artistas y oyentes.

Su nombre no era de los que aparecen en las listas de éxitos, pero era imprescindible para comprender el subsuelo musical de nuestro país. Piñango fue motor, engranaje y combustible de una escena que no buscaba agradar, sino abrir grietas. Su muerte, causada por una infección respiratoria agravada por otras dolencias, pone punto y aparte a una de las trayectorias más intensas del arte sonoro español.

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Un mapa del ruido que nadie más dibujó.

Todo comenzó con una revista y una actitud: escribir sobre música con la misma urgencia con la que se hace. Desde las páginas de Ruta 66, Piñango pasó a la acción en 1989 con Triquinoise, un sello fundado junto a Jaime Munárriz e Ignacio Menéndez que fue casa para proyectos feroces como su banda Cerdos, Corcobado y los Chatarreros o Malcolm Scarpa. Allí no había concesiones: solo exploración, riesgo y aullidos.

Tres años después, cambió de aliados y de rumbo, sin perder el empuje. Con Mil Dolores Pequeños como nave nodriza, fundó la discográfica Por Caridad Producciones junto a la micropoetisa Ajo y el guitarrista Javier Colis. En esa nueva etapa dio salida a nombres igualmente radicales como Vamos a Morir, Superelvis o Fitzcarraldo, y firmó nuevos proyectos propios como Destroy Mercedes, en clave de psicodelia abrasiva.

A lo largo de los años 90, Mil Dolores Pequeños lanzó tres álbumes que no pedían permiso ni perdón. Su tono era crudo, a veces irónico, siempre incómodo. Uno de sus momentos más memorables fue el sencillo De la piel pa dentro mando yo, grabado junto a Antonio Escohotado: “un alegato de la legalización de las drogas”. Un tema, como tantos en la vida de Piñango, que no buscaba consenso, sino ruptura.

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Desde la trinchera editorial hasta el altar del directo.

El papel también fue territorio de resistencia. Noise Club, la revista-fanzine que editó entre 1992 y 1996, fue una suerte de pasaporte para entender la escena noise, no wave y experimental de aquellos años. Desde un despacho en la calle Pez —tan funcional como desastroso— tendieron puentes entre Nueva York, Barcelona y Madrid. Fue una iniciativa tan marginal como influyente.

Piñango también fue el alma de Experimentaclub, uno de los festivales más valientes que ha tenido Madrid. Entre 2000 y 2008, primero junto a Ajo y luego en solitario, logró subir a los escenarios de La Casa Encendida a referentes como Lydia Lunch, Seefeel, Wire o John Giorno. Más allá de la programación, el festival se convirtió en refugio para todo aquel que entendía la música como una forma de resistencia.

En 2012, retomó ese impulso con el festival Arte Oído en CaixaForum, y poco después cruzó el Atlántico para codirigir Experimentaclub LIMb0, una iniciativa de intercambio artístico entre España y Latinoamérica. En cada propuesta, el espíritu era el mismo: abrir espacios para lo que no tiene sitio.

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La exploración como modo de vida.

Su inquietud no conocía fin. Aunque empezó como percusionista, pronto se volcó en los sintetizadores analógicos, explorando territorios electrónicos de forma obsesiva. Con Anki Toner formó el dúo Ankitoner Metamars, editando dos álbumes tan crudos como sugerentes. En los últimos años trabajó bajo el seudónimo i.r.real, y su último trabajo, publicado en 2022, fue una carta de amor y crítica a Madrid: “un Madrid, a veces nauseabundo y a veces encantador (quizá de serpientes)”.

Aquel disco, editado por Audiotalaia en una cuidada edición con imágenes de Almudena Villar, fue también el punto de partida para otro proyecto más: Rally!, en colaboración con Edu Comelles. Para Piñango, cada disco era un diálogo, un campo de batalla, una provocación.

Por encima de todo, quienes le conocieron destacan su generosidad. Javier Piñango fue “un cómplice incansable, un apasionado divulgador de la música más inaccesible, así como un exaltado defensor de la amistad, la conversación y la celebración”. Hoy, su legado no hace ruido. Hace falta saber escuchar para percibir que sigue ahí, zumbando entre los márgenes.

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