Fallece trágicamente Lucía Jiménez

Cuando una vida se apaga.

Hay fallecimientos que no se limitan al ámbito íntimo y familiar, sino que atraviesan la conversación pública de un país. Son pérdidas que generan un silencio compartido y una sensación de pausa colectiva. En esos momentos, la sociedad entera parece mirarse a sí misma. La noticia se expande con rapidez porque toca fibras que van más allá de lo personal.

Ocurre especialmente cuando la persona desaparecida ha dedicado su trayectoria a causas comunes. Su ausencia no solo se mide en recuerdos, sino en proyectos inconclusos y en voces que ya no se escucharán. Cada gesto y cada palabra previa adquieren un nuevo significado. El duelo, entonces, se vuelve coral.

Estas muertes obligan a revisar la memoria colectiva y a preguntarse qué queda de lo construido. No es solo el final de una biografía, sino un punto y seguido en una historia compartida. El impacto se nota en los medios, en las instituciones y en la ciudadanía. Hay nombres que, al marcharse, dejan un eco persistente.

Una figura ligada a la memoria.

En ese contexto se enmarca el fallecimiento de Lucía Jiménez, periodista y fundadora y presidenta de la Asociación Canaria de Víctimas del Terrorismo (Acavite). Murió este sábado en Málaga, ciudad a la que se había desplazado para participar en un homenaje al fiscal Luis Portero, asesinado por ETA en 2001. Durante el viaje sufrió una indisposición que motivó su traslado a un hospital. Tras recibir el alta voluntaria, al encontrarse aparentemente recuperada, se produjo su fallecimiento.

Jiménez había dedicado buena parte de su vida profesional y personal a evitar que determinadas historias quedaran relegadas al olvido. Desde Acavite impulsó el reconocimiento de las 281 personas afectadas por atentados atribuidos al Frente Polisario. Su labor se centró en dar visibilidad y dignidad a quienes durante años sintieron que no eran escuchados. Ese empeño constante definió su trayectoria pública.

Detrás de ese compromiso existía también una historia íntima marcada por la pérdida. Su padre resultó gravemente herido en el ataque perpetrado en enero de 1976 en las minas de fosfatos de Fos Bucraa, en el Sáhara Occidental. Años después falleció a consecuencia de aquellas lesiones. Esa experiencia personal dio forma a una defensa incansable de la memoria y la justicia.

El eco de una ausencia.

La periodista defendió de manera constante que la violencia política no fue un fenómeno exclusivo de la España peninsular. Recalcó que la distancia geográfica de las islas no las protegió del dolor ni del impacto en familias enteras. Su discurso insistía en que todas las víctimas merecían el mismo reconocimiento. Esa idea se convirtió en una de sus principales banderas.

Su muerte deja un vacío evidente en el periodismo y en el tejido asociativo canario. Sin embargo, quienes trabajaron con ella subrayan que su compromiso sigue presente en cada iniciativa que ayudó a poner en marcha. Las causas que defendió continúan activas gracias a esa base construida con constancia. La huella de su trabajo permanece más allá de su ausencia física.

En las horas posteriores a conocerse la noticia, el recuerdo de Lucía Jiménez se multiplicó en el espacio digital. Las redes sociales se llenaron de mensajes de despedida, agradecimientos y palabras de reconocimiento. Compañeros, instituciones y ciudadanos compartieron imágenes y testimonios. Así, el homenaje colectivo se trasladó también al entorno virtual, confirmando el alcance de su legado.

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