‘First Dates’: el amor servido con postre de audiencia.
En un panorama televisivo marcado por la fugacidad de los formatos, First Dates sigue firme en su éxito, convirtiéndose en uno de los realities más longevos y queridos de la televisión española. El programa, que convierte las primeras citas en espectáculo, ha sabido mantenerse fresco gracias a la diversidad de sus participantes y al equilibrio entre humor, ternura y momentos incómodos. No se trata solo de buscar pareja: First Dates se ha transformado en un espejo de las relaciones humanas.

Cada noche, el restaurante más famoso de Cuatro se llena de desconocidos con esperanzas, miedos y listas mentales de requisitos románticos. Lo interesante no es si habrá beso final, sino todo lo que ocurre antes: las risas nerviosas, los silencios tensos y las confesiones inesperadas. El formato es simple, pero magnético: dos personas, una mesa y muchas cámaras.
Parte del encanto del programa reside en su casting intergeneracional. Jóvenes, adultos y mayores se sientan en la misma silla con un mismo deseo: conectar con alguien. Y es precisamente en esa variedad donde aparecen historias como la de Maite y Ramón, dos viudos octogenarios que protagonizaron uno de los episodios más comentados del año.
Dos corazones vividos, una cita televisada.
Emitido originalmente en abril de 2024 y repetido el pasado Día del Trabajador, el encuentro entre Maite y Ramón ha vuelto a hacer reír, pensar y debatir a la audiencia. Ella, administrativa jubilada de Premià (Barcelona), llegó al restaurante acompañada por su nieta Noe, quien definió a su abuela como “muy liberal y moderna”. A sus ochenta años, Maite buscaba a un hombre que aún se cuidara: “Que hacen un poquito de gimnasia, que les gusta andar”.
Ramón, casi nonagenario, parecía cumplir con esa descripción. Caminaba con energía y se definía a sí mismo como “un chaval”. Con vitalidad de sobra, aseguró que “no corre el tiempo todavía” para él. Todo indicaba que la velada podía tener potencial, pero las primeras impresiones físicas empezaron a enfriar el ambiente.
Maite, sin rodeos, dejó claro que el físico de su cita no era lo que esperaba: “Lo veo muy poca cosa. Yo dije que quería una persona delgada, pero no dije consumida, este señor me queda pequeño”. Por su parte, Ramón tampoco ocultó sus reservas, lanzando una crítica bastante cruel: “Tiene los dientes como podridos por dentro”.
Ironías, sopa de letras y desencuentros.
Durante la cena, compartieron sus historias de vida, incluida la pérdida de sus parejas. Aunque Maite se mostró receptiva, sus dudas sobre la complexión de Ramón no disminuyeron: “Te da ‘penita’, tiene pinta de pasar hambre”. Él, en cambio, se sorprendía al saber que ella era más joven que él: “Parece mi abuela, está llena de arrugas”.
En medio de confidencias, Maite relató la reciente pérdida de dos amigos cercanos y un atropello que sufrió. Ramón, incómodo con el tema, no entendía por qué había que hablar de la muerte. La conversación pasó a terrenos más ligeros, como la afición del viudo por las sopas de letras, pero ya era evidente que no había chispa.
Al final de la cita, Maite sugirió ir al cine. Ramón aceptó, pero confesó en privado que no era un buen plan para él: suele quedarse dormido. Cuando llegó el momento de la decisión, ambos coincidieron en que no querían repetir la experiencia. La química simplemente no había cuajado.
Un adiós con humor punzante.
En una despedida que combinó sinceridad y sarcasmo, Maite pidió explicaciones por la falta de interés: “No puedo gustar a todo el mundo, sé que soy una vieja y un adefesio”. Ramón, con franqueza brutal, replicó: “Yo es que me encuentro mucho más atleta que esta señora”. Ella, lejos de ofenderse, se lo tomó con ironía: “Cuando le he visto, es como si hubiera visto un enanito”.
El capítulo, más allá de las risas que provocó, dejó una reflexión sobre el amor en la tercera edad, los estándares que seguimos manteniendo incluso de mayores, y la forma en que nos exponemos buscando afecto. En un entorno televisivo cada vez más inmediato, First Dates demuestra que las historias humanas —con sus luces y sombras— siguen siendo irresistibles.
Y mientras haya corazones dispuestos a sentarse a cenar frente a una cámara, el programa continuará sirviendo historias tan entrañables como incómodas, tan reales como extravagantes. Porque en la búsqueda del amor, incluso a los ochenta, siempre puede pasar algo inesperado.